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jueves, 23 de abril de 2009

¡Se fregó el Obama!

Es casi seguro que el 26 de abril próximo Rafael Correa ganará la presidencia de la República en la primera vuelta (aunque siempre pueden haber sorpresas), y de ahí en más, salvo elecciones de parlamentarios andinos en junio, ¡no tendremos elecciones en 4 años!, ¿se pueden imaginar a este país sin elecciones?, nos vamos a sentir raros al principio, pero luego disfrutaremos de una extraña sensación de tranquilidad, salvo, claro, que a nuestro líder se le ocurra organizar alguna sólo para mantener la práctica.

En todo caso, después de estas elecciones, Correa, aparentemente, tendrá el control de todos los poderes, pero dada la disímil composición de su movimiento, integrado por grupos con diferentes intereses pugnando por su cuota de poder, la Asamblea podría escapársele de las manos, por lo que ha planteado la posibilidad de llegar a acuerdos mínimos con la oposición (¡guau!, aunque claro, también ha hablado de disolver la Asamblea si no está conformada a su gusto), para lo cual valdría la pena que tomara de ejemplo al Presidente Obama y su apertura para con los denostados republicanos.

En esa línea me permito publicar y enviarles este artículo, un tanto antiguo, del Pájaro Febres Cordero, pero que ha propósito de nuestras próximas elecciones y del ofrecimiento de acuerdos de Correa, adquiere plena vigencia. Ojala que el Presidente lo leyera, y más allá todavía, lo entendiera.

¡Se fregó el Obama!*

¿Se emocionaron con el triunfo de Obama? Yo también. Es que después del presidente más tonto, enfatuado, abusivo y tramposo que ha tenido el imperio a lo largo de su historia, llega uno inteligente, joven, negro. Y demócrata. Capaz de insuflar esperanzas en un nuevo destino. Pero lo que más me gustó fue su discurso, en que reconoció los méritos de su adversario y su aporte a la nación a lo largo de su vida, para luego pedirle colaboración en su gobierno. ¡Qué entereza! Dejó atrás las luchas de campaña y, con un gesto de auténtico triunfador, le tendió su mano. Luego, llamó a todos, partidarios y opositores, a trabajar unidos por un país mejor.

Pasada la emoción que me produjo ese discurso, ¡me pegué un susto! Y es que, escuchando a Obama, creo que anda medio equivocado en su manera de hacer política y, por eso, le puede ir muy mal en su gobierno porque, en los nuevos tiempos que corren, los líderes ya no deben actuar con altruismo y visión de futuro. Ese estilo como que quedó totalmente out.

Ahora, los nuevos líderes tienen que hacer sentir todo el peso de su poder y lograr que sus adversarios muerdan el polvo de la derrota y, por lo tanto, se excluyan, se esfumen, desaparezcan para que en el firmamento brille solo la estrella refulgente del vencedor, que se erige en dueño absoluto de la verdad, poseedor de todas las virtudes, luz y guía del destino. Por eso, en lugar de decir que MacCain es un ciudadano ejemplar, más bien era de que diga que es un digno representante de la partidocracia y que por eso va a ser sepultado en el olvido de esa larga noche neoliberal que su patria ha vivido con Bush. ¡Qué bien que hubiera quedado! Fu, con esa frase, seguro que desde ya ganaba la reelección.

¡Qué tonto el Obama! Perdió la gran oportunidad de reivindicar su victoria y engrosar las filas de los mandatarios verdaderamente revolucionarios. ¡Cómo ha de desperdiciar ese instante para decir que les dio tres a uno a los de Bevery Hills de Samborondón, que es donde viven los republicanos pelucones! Eso hubiera hecho delirar a las masas que, frenéticas, hubieran comenzado a corear three to one, three to one, we win, we win.Y, además, sí era que esté un poquito mejor preparado para la celebración y vaya llevando una orquesta, por lo menos. ¡Más secote! Le bastó con besar a su mujer y a sus hijas y abrazarse con sus colaboradores, y se fue a dormir (algo que tampoco se usa en estos tiempos de insomnio revolucionario). Una cancioncita era por lo menos que cante sobre la tarima, aunque sea esa que dice the people united nevertheless will be vencited, lo que le hubiera asegurado el apoyo a la hora de disolver el Congreso (como hace cualquier líder moderno que se precie) para, por fin, cambiar la Constitución y después instalar el little congress presidido por algún Lamb de por ahí. ¡Eso es pues revolución!

¿Y ahora, qué hará Obama sin tener a quién insultar, sin tener con quién peliar, sin tener qué disolver, sin tener a quién echar la culpa de sus propios errores? O sea, perdió el gran chance de ser un auténtico líder, amo y señor de cortes, tribunales y diputados. Ante eso, le va a tocar solo sentarse a gobernar. ¡Ya se fregó!

Francisco Febres Cordero

*Tomado de El Universo de 9 de noviembre del 2008

miércoles, 27 de agosto de 2008

La culpa es de los otros

Por: Francisco Febres Cordero
25/08/08

Por suerte tenemos un presidente perfecto. Bueno. Justo. Equitativo. Saludable. Además, ilustrado. Académico. Conocedor profundo de la economía. Del derecho. De las ciencias biológicas. Del medio ambiente. De la ingeniería. De la pluviometría. De la cosmología. De la gastronomía. De la teología. De la historia. Del deporte. Un presidente que también es polígloto. Habla español, inglés, francés, quichua (y pendejadas, si estas fueran idioma). Tiene dinamismo. Tiene arrestos.Pero, sobre todo, tiene la verdad. Y no solo que la tiene, sino que la verdad le pertenece.

Con semejantes atributos, los demás no contamos. Porque podemos saber de historia, pero no de fútbol. Podemos saber de derecho, pero no somos jóvenes. Podemos hablar pendejadas, pero no francés. Y así. Él es el único que reúne en sí todas las virtudes y, por eso mismo, nunca se equivoca.

Por eso, por estar imbuido de tanta ciencia, de tanto conocimiento, de tanta juventud, está en la obligación de corregirnos cuando nosotros, pobres mortales, viejos chochos o jóvenes imberbes, erramos y nos atrevemos a expresar un criterio distinto al suyo, siempre irrebatible, siempre incuestionable. Y entonces, con humildad, cabizbajos, cejijuntos (pero no tanto como el ministro de Gobierno, que ya se pasa), tenemos que reconocer que los epítetos que nos endilga son merecidos: nos los hemos ganado por no saber lo que él sabe, por no interpretar las cosas como él interpreta, por no obedecer sus lineamientos, sus directrices, por no acatar sumisamente sus sentencias.

Él, sabiéndolo todo, conociéndolo todo, nos encauza porque, entre otros de los muchos dones que tiene, está el de líder. Y, como líder, nos dice qué es lo que debemos pensar y qué no. Qué es lo que debemos hacer y qué no. Qué es lo que debemos decir y qué no.

Y por eso, por todo lo que él es, espera nuestro reconocimiento.
Nuestra adhesión. Si no la encuentra, nos castiga, nos envilece, nos zahiere, porque estamos apartados del redil, vamos por el mal camino, nos dirigimos por los senderos de la perdición.

La culpa, para él, es siempre de los otros. De todos aquellos que disienten. Por eso, si son economistas, pasan sin más trámite al rol de contadores. Si son ricos, al de pelucones. Si periodistas, al de bestias (salvajes o no, pero bestias, al fin), mediocres, mentirosos, pitufos. Si jóvenes, al de majaderos. Si compañeros de su movimiento, al de infiltrados. Si emigrantes, al de idiotas.

La lista, que puede resultar interminable, no deja fuera a nadie que haya osado discrepar. Y a nadie, tampoco, que haya sido sorprendido haciendo un gesto considerado contrario a esa majestad que él encarna: para ellos, la cárcel.

Sin embargo, hay más: ahora su guardia pretoriana apalea, patea, pisotea. Acalla a toletazos cualquier brote de rebeldía, en el lugar que sea. Incluso en una universidad.

Porque sí. Porque donde está el Presidente está la razón.
La culpa, como él y sus áulicos lo han demostrado hasta el hartazgo, es de los otros. *

*Tomado de El Universo